Mi abuelo

Mi abuelo, ecuatoriano, viajó a Colombia a jugar fútbol. Sí, como lo leen. Esto fue posible en la década de los 50, cuando  las esmeraldas salían del vientre de la tierra a chorros verdes y enriquecían al país (a unos pocos, como siempre), en la época en que Di Stefano, la saeta rubia, fue a prestar servicios por una bicoca al Millonarios de Bogotá, antes de saltar el charco y ser merengue. Como era de esperar, mi abuelo no fue a un club grande y cuando la ilusión de la pelota llegó a su fin, él y un puñado de ecuatorianos más se dedicaron a la joyería… Esos tres puntos duraron 20 años.

Luego vino la violencia urbana. En los años 70, la crisis económica y los asesinatos asociados al mercado negro de esmeraldas golpearon a ese puñado de ecuatorianos, que ya habían formado familias con mujeres colombianas, y los obligó a volver al Ecuador, aún isla de paz, poco urbanizado, de carreteras empedradas, a probar suerte, una vez más.

Estas familias, característicamente largas en aquellos años, formaron una pequeña colonia. Cuando la gente sale de su lugar habitual, genera redes y lazos muy estrechos, de protección y ayuda, de solidaridad y de nostalgia de la patria. Aunque no haya vínculos de sangre, se forman clanes de <<primos>> y <<tíos>> ficticios, pero es lo que hay, cuando los primos y tíos verdaderos quedan lejos. Recuerdo al <<tío Ñato>>, tío de todos y de pocos a la vez. Hoy hay Facebook, chat, Twitter, e-mail, servicio de teléfono a pocos céntimos el minuto y los primos lejanos están cerca, y con los <<updates>> uno va siguiendo sus vidas en tiempo real. En aquellos años, en nuestros países (por más pionera que haya sido Colombia en el correo aéreo en América) tomaba cientos de días saber de los que uno dejaba atrás y el correo… bueno, imagínense. Por lo menos a mí, que reviso si tengo mensajes cada 3 minutos en promedio, me parece una era geológica…

Los hijos y las hijas, niños, niñas  y adolescentes de estos pioneros del retorno, colombianos de nacimiento, ecuatorianos de crecimiento, fueron a la escuela, crecieron, se casaron… Muchos se quedaron en Ecuador para siempre (muchos queriendo volver siempre), pocos retornaron a Colombia. Yo soy hijo de uno de los que se quedó queriendo volver. Hasta hace poco, porque ya se amañó en Ecuador, ya hasta vota en las elecciones y se cabrea con el gobierno. Cuando va a Colombia, su acento ecuatoriano es motivo de comentarios entre sus primos y tíos. En Ecuador, nunca faltan las preguntas de <<¿disculpe, usted de dónde es?>>

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